La vieja finca de La Marina de la Torre , entre Mojácar y Garrucha, fue siempre un territorio mítico para los habitantes del lugar, teñido de leyendas de lujo y poder y también de grandes sacrificios.
Joaquín Garrigues y su mujer, recién casados, pasaron la noche de bodas en la finca e hicieron una fiesta con los empleados.   La Voz.

Marina de la Torre, para muchos habitantes de las tierras regadas por el río Aguas, es un territorio mítico de su infancia, cargado de sonoridades profundas. Su evocación provoca un recio eco en los que suena la voz del abuelo relatando historias de grandes vapores ingleses y del trajinar de arrobas de mineral frente a la rada, aguardando el soplido de la locomotora.

Estampas añejas de mujeres clasificando la uva de embarque en los almacenes, frente a un gran palacio moruno que emergía en un llano de tierra colorada donde medraba el alacrán y cantaba la chicharra.
Un cerro mágico, el Moro Manco, testigo mudo de los siglos y de las reyertas de los hombres, corona un espacio inabarcable para la vista. Un abrevadero de gloriosas dinastías, como Los Chávarri o Los Garrigues, que reconocieron en esta finca y en su palacete un símbolo del lujo y el glamour, con grandes fiestas pantagruélicas que casi nadie vio, pero que todo el mundo ha oído contar con ribetes de leyenda.

Fue ante todo, también, la vieja Marina, tierra de labor para centenares de jornaleros que, protegidos del sol con pañuelos y rempujas, recolectaban entre las cañas el dulce tomate manglober y otros frutos y hortalizas. Y un palomar adonde los chiquillos escalaban para coger pichones. Después llegó el arrollador turismo y se situó La Marina en el mascarón de proa de la especulación urbanística almeriense. Millonarias cifras, cada vez con más ceros, corrían de boca en boca por los cafés comarcanos, sonrojando a quienes siempre conocieron la finca como un erial de secano.

Se convirtió a la vuelta de los años, la gran joya de la Axarquía almeriense, en un avispero de hoteles enjalbegados, en un paraíso verde para rubios europeos del norte que se hartan de jugar al golf y de torrarse al sol africano en un entorno que siempre fue mágico por sus inquilinos.

A cañonazos
Cuenta la leyenda del I Marqués de Chávarri (Benigno Chávarri y Salazar) que cuando uno de sus grandes barcos navegaba a la altura de la mansión de La Marina, el capitán tenía la obligación de disparar una salva de cañonazos, en señal de saludo.

Han quedado también en el acervo popular las suntuosas veladas veraniegas en el palacete y las largas madrugadas de ruleta y bacarrá. Anécdotas más o menos afortunadas aparte, lo cierto es que nunca el Levante almeriense albergó a unos industriales tan acaudalados como la saga de los Chávarri. Ni los García Leonés, ni los Anglada, ni el Marqués del Almanzora ni Ramón Orozco, alcanzaron la notoriedad económica de los opulentos vizcaínos, a caballo entre el siglo XIX y XX. En Neguri, su cuartel general junto al Nervión, se decía que el estornudo de un Chávarri provocaba un vendaval en la Bolsa de Valores de Madrid. 

El palacete de La Marina se distinguía de los del norte de España pos su marcado estilo orientalizante, de palacio persa, con elementos hispanomusulmanes, La estructura rectangular muestra dos torres coronadas por cúpulas bulbosas recubiertas de escamas, con almenas en relieve y escalonadas al modo califal.

La entrada principal estaba presidida por un enorme arco de herradura con azulejos y pilastras. Aún quedaban hasta hace poco restos de la elegantes escalera central de mármol y de la hermosa rejería. Con el paso de los años, el edificio fue sometido a un cruel expolio y abandono. 

El sillón  de los novios
El Palacio, por dentro, lucía suelos de madera pulida en los dormitorios. En el ala superior izquierda se situaban los salones de lujo, donde se hallaba el célebre sillón de los novios de terciopelo rojo y el sillón del guardián de los novios, con espaldera calada para vigilar a la pareja. Los dormitorios de canapé y mesitas de granito rosáceo con cortinas de raso y los cuartos de aseo con chineros en los lavabos.Una planta más abajo estaban la cocina y los comedores con las alacenas repletas de mantelerías y servilletas de hilo bordadas con el escudo de la casa.

Corrieron los años y en  1942, Joaquín Garrigues Martínez, ya era el nuevo propietario de La Marina y allí acudía, ya viudo, a pasar los largos estíos en compañía de algunos de sus hijos y nietos.Los mayores, el jurista Joaquín Garrigues Díaz-Cañabate y su hermano, Mariano, de profesión arquitecto prefirieron seguir veraneando en el norte, mientras que acompañaron al viejo a La Marina, sobre todo Antonio, abogado, y más adelante José Luis, Ingeniero Agrónomo.

El  fuego
Una noche de agosto de 1948, en una de las casas de los aparceros, un bebé se cayó de su cuna de madera y el llanto despertó a sus padres. Eran las 2 de la mañana, pero los labradores creyeron que era de día por el resplandor de la lumbre que envolvía la parte trasera de la Casa Gerencia. Se dio aviso y empezaron a tañer las campanas de la Iglesia de Garrucha. Hasta el Palacio acudió el pueblo entero de Garrucha y se formó una cadena humana hasta las balsas de agua pasando cubas de mano en mano, salvando la mayor parte del Palacio.

Joaquín Garrigues Walker, que más tarde fue ministro de Obras Públicas  durante el Gobierno de la UCD, pasó la noche de bodas en 1961 con su mujer Mercedes de Areilza, en la Casa de La Marina, adonde llegó casi de madrugada procedente de Madrid. Le arreglaron con flores la habitación y por no desbaratarlas durmió en el cuarto de su padre. Al otro día, dio un convite para los trabajadores de la finca.De todas aquellas historias ya no queda nada, solo la réplica de la fachada oriental en un hotel de sol y playa  que acoge a cientos de turistas.