La hoguera nos dejaba en la ropa un olor a niños pobres de barrio y a libertad

No necesitábamos estar organizados para montar una pequeña fogata, ni participar en ningún concurso, ni tampoco pedir permisos en el Ayuntamiento. Las hogueras del mes de enero formaban parte de nuestro inventario infantil. Crecimos dando saltos alrededor del fuego, alargando las noches más frías del año con el pretesto de una tradición que se repetía cada enero en cada barrio. Como la mayoría de los callejones eran todavía de tierra, como todavía era posible encontrar un anchurón sin edificar, los vecinos improvisaban una hoguera en cualquier escenario.

Eran suficientes un par de metros para formar un montículo de leña y prenderle fuego. Una caja de cerillas, papel de periódico, un poco de gasolina y la madera que íbamos recogiendo de los muebles viejos y de las cajas de los pollos. Cuando surgía el fuego empezaba la fiesta y los vecinos se citaban alrededor para calentarse, para compartir las patatas que se calentaban en las brasas, para contagiarse de aquel perfume a fuego barato con el que regresábamos después a nuestras casas. Olíamos a pobres, a niños silvestres, a libertad.

Hubo un tiempo en que la noche de las hogueras era un gran acontecimiento. En los años sesenta, cuando todavía no había llegado la televisión a la mayoría de los hogares y las emociones había que buscarlas en la calle, las vísperas de San Antón era un día de fiesta. La ciudad ardía en hogueras vecinales, en cada anchurón se levantaba una fogata y los barrios  se descomponían en esos pequeños territorios sentimentales que eran las calles. 

Cada calle se encargaba de organizar su propia hoguera, tratando siempre de superar a la calle vecina en una rivalidad tribal. Unos días antes a la víspera de San Antón, los niños se encargaban de buscar la madera que alimentara la hoguera. Los muebles que se iban quedando viejos dentro de las casas, la viruta que se recogía de las carpinterías, las cajas de madera de las verdulerías, los ‘desperdicios’ de los solares, se iban acumulando en un anchurón, aguardando la hora de que las llamas los devoraran. Y toda la calle colaboraba, como empujados por un extraño impulso de complicidad. Los niños buscaban  la madera, las mujeres preparaban las patatas para echarlas a la lumbre y los hombres se encargaban de la gasolina y de que el fuego se mantuviera vivo mientras quedara noche por delante.  

En el barrio de La Chanca, frente a la puerta de la iglesia de San Roque, se levantaba una de las hogueras más grandes del barrio, formada casi siempre por varios pisos de altura. Tenían los mejores cajones y las tablas más gruesas que encontraban en los astilleros y en el viejo almacén de Terriza, que en aquellos tiempos era un lugar sagrado para los promotores de hogueras. Las fogatas iluminaban de noche los cerros y desde el Camino Viejo hasta la Rambla de La Chanca, la tierra se convertía en un mar de hogueras donde los jóvenes desafiaban las llamas saltando por encima o retirando las patatas del fuego cuando estaban  bien asadas.

En el Barrio Alto la noche de las hogueras se celebraba el 19 de enero, en la víspera de San Sebastián. Como sucedía en otros arrabales de la ciudad, no existía una sola hoguera que identificara a todo el barrio, sino que cada calle se atrincheraba en torno a la suya. 

Una de las más celebradas era la hoguera que se elaboraba en la calle Real, frente a la tienda de Amable y la confitería del Cañón. Era la hoguera más tardía. Todas las del barrio empezaban a arder cuando moría la tarde, pero la hoguera de la calle Real tenía que esperar hasta después de las diez de la noche, la hora en que pasaba el último autobús que unía Los Molinos con el centro de la ciudad. A partir de ese momento ya no transitaban más coches por el lugar y la calle era tomada por los vecinos y el fuego. La víspera de San Sebastián era una noche de fiesta y de primeros amores en la calle Real del Barrio Alto: los niños no paraban de jugar, mientras que los adolescentes presumían de agilidad y valentía saltando por encima de las llamas para impresionar a las muchachas. En la Plaza del Quemadero ardía una montaña de muebles y tablas, mientras que en la Plaza de Jaruga se organizaban bailes. Había fuego en el Paseo de Versalles, en el cruce de la calla de los Cámaras con Regocijos, en las cuestas que subían a San Cristóbal.