Antonio Muñoz Gutiérrez empezó a trabajar con ocho años para espantar el hambre

Nació cuatro meses antes del levantamiento militar del 18 de julio, en una de las viviendas más humildes del barrio de la Joya. Era el 25 de marzo de 1936, una de aquellas tardes en las que el sol se colaba hasta el interior de las pequeñas casas que se alineaban debajo de las cuevas del cerro de la Alcazaba. En aquellos días en su casa no faltaba el pan porque sus padres trabajaban en la fábrica de esparto de la calle Pedro Jover elaborando las pacas que después se utilizaban para la exportación de la fruta. 

El hambre vino después, de la mano de la posguerra que golpeó con su puño de hierro en las familias más humildes. Los primeros recuerdos que Antonio Muñoz conserva de su infancia nos hablan de un estómago vacío y de un sueño que se repetía cada noche como un fantasma incansable: la sartén de migas, la olla de pimentón, la imagen de un  pan de kilo empapado en aceite que se le presentaba de madrugada en una alucinación desesperada. Cuando ya no podía más recurría a la picardía, fiel compañera del hambre, y se iba a buscar al caballo del Morago, el cochero del barrio, para quitarle en un descuido unas  cuantas algarrobas del morral. Otras veces se iba a la Plaza de Pavía a la hora del mercado y cuando veía a alguien comiendo higos echaba a andar detrás para recoger los pellejos que iba tirando al suelo.

Sus primeros recuerdos fueron también los de un hogar resquebrajado por la separación de sus padres y el de una madre que se dejaba la vida para ganarse un sueldo miserable. Eran los años más duros de la posguerra y en la fábrica de esparto escaseaba el trabajo porque la materia prima tardaba en llegar y los obreros se pasaban la semana esperando el cargamento para poder trabajar y poder echarse algo a la boca. Cuando no había esparto, la madre tenía que buscar el sustento lavando ropa para otras mujeres, lo que tampoco sucedía a diario. 

Antonio pudo ir a la escuela, aprendió a leer y a escribir, a hacer las primeras cuentas, pero con ocho años se vio obligado a hacerse un hombre antes de tiempo. Con su pantalón corto y sus chanclas de goma, se levantaba de noche, bajaba por la Rambla de la Chanca camino del muelle y se iba a esperar a los barcos que al amanecer llegaban a tierra a la hora de la subasta. Allí echaba una mano mezclado entre los hombres y allí fue aprendiendo una profesión con la que pudo empezar a comer tres veces al día. 

Siendo todavía un niño entró a trabajar con el empresario paco Martín. Le ayudaba en la lonja de Pescadería y antes de las nueve de la mañana ya estaba en el puesto que su jefe regentaba en el Mercado Central. Trabajó también para Carlos Oliva y se hizo mayor con Antonio el Pallano, con el que estuvo más de treinta años. Eran los tiempos de la plaza del pescado frente a la esquina del teatro Apolo, años de apogeo en las ventas y también de mucha vigilancia, cuando los vendedores tenían que batallar a diario con los municipales que estaban siempre al acecho. Multaban por cualquier detalle: por no lucir la chaquetilla blanca reglamentaria, por no llevar la gorra o por vocear la mercancía, que estaba prohibido. Entonces tenían que tener mucho cuidado para no equivocarse en el peso. Los municipales  se encargaban de lo que se llamaba el repeso y cuando un cliente dudaba y pedía la confirmación, si la báscula confirmaba la carencia el vendedor se llevaba una multa importante.

Antonio Muñoz Gutiérrez conoció también el cambio de época en la plaza, cuando los puestos del pescado se trasladaron a los sótanos del Mercado Central. Fue entonces, allá por el año 1982, cuando decidió que había llegado el momento de establecerse por su cuenta y montar su propio reino en la mesa número 13, donde estuvo vendiendo hasta que le llegó la hora de la jubilación. Atrás quedaba una larga historia de sufrimiento, de madrugadas de hambre, de superación continua, de insistencia y de honradez para salir adelante y labrarse un porvenir.