La Almería de Mary Gozzaldi

Fueron días en los que la historiadora americana, fundadora de la Sociedad de Cambridge, retrató la Almería modernista de 1910, la de los edificios burgueses y los fletes en e

Plaza marqués de Heredia.
Plaza marqués de Heredia.
Manuel León
12:18 • 09 abr. 2017

Sentada junto a su escritorio, acompañada de libros, de plantas y de una radio primitiva, Mary Gozzaldi contemplaba una tarde de invierno las fotos que acababa de extraer del cuarto de revelado de su casa americana. Allí, a miles de kilómetros de Almería,  en la cartulina couché, a través de ese milagro de la luz y del yoduro de plata, habían quedado atrapadas las caras risueñas de nueve infantes almerienses a los que había retratado meses antes en su viaje por España. Niños de la Almería de 1910, atildados en el vestir, con gorras caladas y pajarita en el cuello, con cuadernos bajo el brazo, que posaban un día de sol para la historiadora americana en la Plaza Marqués de Heredia, con la calle Lachambre en sus nucas y mirando al frente a  la Escuela de Artes.




En otra de esas imágenes callejeras de la Almería modernista, que Mary había atrapado junto a su marido, el capitán Silvio Gozzaldi, meses antes,  se advertía un grupo variopinto de almerienses de hace 107 años: una señora adornada con una pamela, una criada entre dos niños,  acémilas con la testuz baja y mirando la cámara de Mary sobre los adoquines de lo que hoy es la calle General Tamayo y dos señores protegidos con  canotiers, semejante uno de ellos al industrial Eugenio de Bustos.




Mary Gozzaldi -Mary James de soltera- que había nacido en Cambridge (Massachussets), junto a la sombría Costa Este norteamericana, decidió, junto a su marido, capitán del ejército austriaco, embarcarse en un viaje de placer por Europa, al terminar la primera década del siglo XX. Recorrieron Francia, Suiza, Italia y España. Y una de esas ciudades por las que pasaron, de forma efímera, sin que sepamos por qué la eligieron, fue esa Almería burguesa, pletórica de barriles y de serrín, de fletes y tránsitos portuarios, de emigrantes al Brasil  y al Río de la Plata.




Por el puerto desembarcaron los Gozzaldi y se encontraron con la Ciudad del Sol de las páginas de Miguel Naveros, con una ciudad chata y abierta, con los flamantes edificios de Cuartara y López Rull en el Paseo y con penachos de humo, cortijos y establos a lo lejos, con una ciudad de alamedas, que se apagaba de noche y que olía a tarquín y al petróleo de los faroles. Los Gozzaldi fotografiaron carros de bueyes por el Malecón conducidos por hombres descalzos con la gorra calada; braceros haciendo rodar bocoys de vino de La Mancha por la calle Real; el bullicio primitivo por la umbría de la callejuela de Las Tiendas por donde transitaban almerienses que se quedaban pasmados mirando esa cámara de retratar, por donde se veían vendedores de iguales, aguadores, hombres con bastón, balcones espléndidos y cargamentos de telas.




También se conservan otras imágenes de la Plaza del Carmen con el faro del Hotel La Perla y la tienda La Giralda en la que sobresalen mujeres de negro, frente al kiosco de la señora Amalia. Y la plaza de toros   con los tendidos vacíos y paseantes anónimos por el albero que se dirigen a los toriles. Hay también panorámicas de ese viaje, desde el Cerro de La Mellizas con el Cable Inglés y el mar latino en el horizonte. En total se conservan en el archivo de la Cambridge Historical Society, una docena de  imágenes sepias de esa Almería contradictoria -de señores y menesterosos, de palacetes y cuevas, de casino y de taberna- que atrapó la norteamericana en esos días otoñales de 1910, cuando eligió venir hasta aquí. Mary Gozzaldi nació en Nueva Jersey en 1852, hija del profesor de botánica Thomas James y de Isabella Betchelder y en su niñez recordaba haber conocido a Abraham Lincoln.




Fue educada con esmero y durante un primer viaje a Europa, a estudiar pintura e idiomas, conoció al militar Gozzaldi con el que se casó y con el que se trasladó a vivir un tiempo a la ciudad suiza de Lugano. Poco tiempo después regresaron a EEUU, aunque solazándose con esporádicos viajes a Europa. Fue Mary una apasionada de la historia y de la genealogía y contribuyó a fundar la Sociedad Histórica de Cambridge, donde se guardan, papeles, libros de recuerdos y correspondencia de tres generaciones de su familia de colonos y muchas de las fotografías de sus viajes, entre ellas las que aparecen esos cielos limpios de Almería, que plasmó cuando tenía ya 58 años.




Se dedicó, por tanto, toda su vida, a investigar, a viajar y a escribir de sus ancestros y de todo lo que habían visto sus ojos en esos tiempos heridos por la cesura de la  I Guerra Mundial. Esa tarde de invierno, en su despacho, al lado de sus cuardernos  de notas, con una humeante taza de té entre sus manos, con el aroma de las flores del cercano jardín, quizá la escritora esbozaría una mueca de sonrisa al recordar todos esos tipos humanos, pintorescos para ella, que se encontró deambulando por las calles de esa ciudad sureña española a la que había viajado semanas antes; recordaría los quehaceres diversos que plasmó en sus fotos, los cafés del Paseo en todos su esplendor, con el humo del tabaco tras las cristaleras; se acordaría de esos días inolvidables que pasó en Almería. 




Y por eso quiso legar las imágenes, la memoria de Almería, para que se conservaran para siempre en la Sociedad Histórica que ella misma fundó. Mary Gozzaldi se rompió una cadera y pasó sus últimos años postrada en una cama, apoyada en un atril, donde leía y escribía y donde terminó de marchitarse en 1935 con 83 años de vida aventurera.



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