Cinco siglos de oración en el corazón de la ciudad

Diez hermanas alumbran el Convento de Las Puras en un lugar de ensueño, en vísperas de su V Centenario

Las Puras son una de las instituciones más antiguas de Almería y aguardan con emoción al próximo martes con la celebración del  Centenario
Las Puras son una de las instituciones más antiguas de Almería y aguardan con emoción al próximo martes con la celebración del Centenario
Manuel León
12:43 • 07 jun. 2015

La cocina huele a agua de limón recién hecha y a la sombra del sol que ilumina el claustro remolonea Jaire II, un can con números romanos, como los papas, que hace buenas migas con el gato Cascabel.





Decía Santa Teresa que Jesús está entre los pucheros. Y uno añade: la historia de la  ciudad, la de la Almería que nació con el Pendón de Castilla, está tras estos muros cinco veces centenarios. Las Puras, las concepcionistas franciscanas, las herederas de aquellas monjitas toledanas que vinieron de Torrijos de la manos de la benefactora Teresa Enríquez, están a punto de celebrar sus primeros cinco siglos de existencia en el corazón de esta ciudad milenaria que ha sido morada, casi a partes iguales,  de moros y cristianos.





El martes, las diez hermanas que habitan el convento en el que destaca el estilo mudéjar,  celebrarán con gozo una Misa Solemne de Acción de Gracias con motivo del V Centenario de la Fundación del Monasterio que será presidida por el obispo de la Diócesis, Adolfo González Montes.
Todo lo tienen preparado ya para un día tan especial para ellas: las yemas para agasajar a los almerienses que le acompañen en el Compás, las mesitas humildes, la limonada y sus hábitos blancos con capa azul junto a la sonrisa gratuita. Justo una tarde como la del próximo 9 de junio, pero en 1515,  Teresa Enríquez, la Loca del Sacramento como la llamaba el papa Julio II, entregó la escritura de propiedad del Monasterio a la primera Madre Abadesa, Sor María de San Juan.





Desde entonces, cientos de  hermanas han habitado tras sus muros de mampostería, bajo clausura, entre vida contemplativa y oración. Pocas cosas han cambiado desde entonces, al menos en cuanto a sus reglas, en cuanto a la devoción a María Inmaculada.
Tras abrir sus puertas para este reportaje, uno tiene la sensación de que pisa una pequeña Ciudad Estado, dentro de la propia ciudad, un Vaticano gobernado por la paz, el silencio y las tareas repetitivas día a día, década a década, de sus moradoras.





Allí están las humildes celdas con la jofaina de agua, la campana que repica para avisar a las monjas de la visita de algún familiar;  allí está el cementerio donde reposan los huesos de todas las antepasadas, cada tres losas un cuerpo, con un plano descriptivo.
La vida para esta comunidad, compuesta por María del Mar Reche (abadesa), Trinidad Valverde, Dolores Gil, María Soledad Ventura, Carmen López, Corazón de Jesus Rubio, Encarnación Serrano, Milagros González, Sacramento Sáez y María Luisa Saldaña, principia a las 6 de la mañana con el aseo, el desayuno y la oración, hasta la 9. Después siguen con las tareas de lavado, tendido, planchado, la limpieza y las labores en la cocina, hasta la 1 del mediodía que almuerzan en un refectorio inmenso. Hubo un tiempo que se juntaban hasta 44 hermanas, con púlpito incluido, donde se iban turnando para leer pasajes de la Biblia, de San Juan de la Cruz o de Kempis. Ahora escuchan música religiosa mientras se sirven los alimentos con el repartidor, mientras se oye el murmullo de los niños al salir del Colegio Giner de los Ríos.





No siempre fueron tiempos de buena intendencia en el convento: hubo otros en los que se pasó necesidad, en la que las novicias, tras el rezo nocturno, se iban a arrancar manzanas de los árboles para apaciguar el hambre. 





Tras la comida las monjas descansan, leen, oran, pasean por el claustro  floreado, hacen labor, se atiende a los necesitados y se siguen haciendo faenas como las yemas y el licor rosolí de café y aguardiente. Ya no encuadernan con esmero como hasta hace unos años, sus ojos se han ido gastando, se han ido haciendo mayores y las pieles de vaca se apilan sin uso en los anaqueles. La sala capitular resplandece. Allí están aún reliquias, frescos y cálices de hace cinco siglos. Allí se reunen las Puras, al menos cuatro veces al año bajo la atenta mirada de un San Esteban.
En la salita contigua presidida por un cuadro colosal de la Oración del Huerto, está el arcón de las tres llaves, donde se custodiaban las escrituras de propiedad de las huertas que las monjas tenían en el Andarax, legadas por el que fue Alcaide de Almería, Gutierre de Cárdenas. Para abrirlo había que juntar las llaves de la abadesa, la vicaria y la ecónoma.
Hubo una época en la que las propiedades del Convento llegaban hasta las faldas de La Alcazaba, incluida la antigua Escuela Diego Ventaja y el antiguo Seminario.





En el Coro alto destacan los  sillones altos de la abadesa y la hebdomadaria y el atril para cantar en el divino oficio. Por las rejillas se ve el impone retablo barroco, desmontado pieza a pieza por el electricista Segado para evitar que corriera la misma suerte que el retablo de la Patrona durante la Guerra Civil. Un tiempo en el que las hermanas fueron expulsadas y el Convento se convirtió en Cuartel de la Guardia de Asalto y Hospital de sarnosos. Las Clarisas, para las que se iba a fundar el Monasterio, según testamento de Gutierre de Cárdenas que cambió su viuda, estuvieron hasta cuatro veces viviendo tras lo muros de Las Puras, la primera vez tras ser expulsadas en la dominación francesa.



Tras la cena, las hermanas se reúnen en Comunidad a ver la tele o a contar los acontecimientos del día en la sala de Recreo, allí están expuestos todas las labores de bordado que han ido confeccionando con sus gráciles manos en los últimos años.



Allí se dan las buenas noches, antes de retirarse a su cuarto respectivo, sobre las 10 de la noche, cuando la ciudad en el exterior aún bulle,  cuando les llegan aún los ecos de los transeúntes por la calle Cervantes. Hubo un tiempo que tuvieron portero, en la zona del Compás, Jose y Carmen, pero ya no los necesitan.



Sigue, eso sí, el torno, por  donde aún despachan algunas que otras yemas, muy pocas ya, y arriba el Miramar, la estancia más alta de esta vieja finca habitada por árabes ricos, desde donde se divisa la Alcazaba en toda su inmensidad.
Dentro de unas semanas volverán a mitigar los calores con la piscina que construyeron tras la restauración de 1998 y las meriendas cenas en los días festivos, junto al olivo que plantara el arquitecto Eduardo Blanes.



Han ido pasando los años, los siglos, tras esos muros que las aislan del mundo exterior, que las han hecho perennes en la ciudad, que les han ayudado a sobrevivir a las modas, a jerarquías y revoluciones. Nada, excepto La Alcazaba, hay más antiguo que el espíritu de estas monjitas que el próximo martes se emocionarán al ver cumplidos sus primeros quinientos años de existencia.



Temas relacionados

para ti

en destaque