El convento de las Puras tiene abiertas sus puertas a las novicias que quieran intentarlo
Una hermana medita en uno de los patios del convento.   La Voz.

En el jardín del convento de las Puras, a esa hora de la mañana en la que el sol empieza a anunciarse sobre las tejas de la azotea, en medio del silencio se escuchan las voces de los profesores que en el colegio de al lado imparten las primeras lecciones del día. Mientras las monjas rezan en voz baja dándole las gracias al Creador por su eterna misericordia, un profesor de Ciencias Naturales les explica a sus alumnos el origen del hombre y les habla de Darwin.

Hay una hora del día en la que en el jardín del convento se mezclan la ciencia y la teología, y allí conviven sin molestarse, como lo hacen el gato Cascabel y el perro Jaire cuando salen al patio a compartir la comida que les ofrecen las monjas.

Los ecos que llegan desde el colegio llenan de vida las mañanas del convento, donde un ruido es un acontecimiento, donde  los pasos ligeros de unas sandalias retumban como un tambor en medio de un páramo. Allí se dan la mano esa soledad cotidiana de vida en voz baja, tan necesaria para la vida monacal, y una soledad obligada por el paso de los años y la dificultad para encontrar nuevas vocaciones que renueven el convento.

Las puertas de Las Puras están abiertas a las novicias que quieran intentarlo. Se admiten señoritas siempre que demuestren vocación y a cambio se les ofrece alojamiento gratis con pensión completa, habitaciones individuales, nueve duchas con agua caliente, internet y  teléfono móvil. También cuentan con una televisión que sólo se enciende a las ocho y media de la tarde para ver el telediario de Canal Sur.

Requisitos
Las interesadas en formar parte de la comunidad necesitan un indicio de vocación verdadera, imprescindible para poder ingresar en el convento. Para encontrar el camino tienen por delante tres meses de convivencia con las monjas, donde tendrán que superar la dura prueba de la vida retirada.
Las aspirantes convivirán con las monjas vestidas de calle, hasta que demuestren tener condiciones para quedarse. Después vendrá el año de postulantado con hábito celeste, la prueba definitiva para poder afrontar los dos años de novicia y los tres de votos simples.

Las monjas, que aguardan con los brazos abiertos la llamada de nuevas vocaciones, tienen que estar muy alerta para combatir el fraude, que tanto abunda en estos tiempos. Se han dado casos de muchachas que han tocado a las puertas del convento pregonando su vocación en voz alta y que sólo buscaban un lugar  donde dormir bajo techo y una mesa donde encontrar un plato de comida caliente. “Muchas vienen a sacar lo que pueden”, reconoce la Madre Superiora de las Puras.

Ella, mejor que nadie, sabe que no soplan buenos vientos para la fe, que cada vez es más complicado sentir la llamada de Dios y que cada día es más difícil encontrar jóvenes dispuestas a encerrarse por la religión. Entrar en aquel recinto y ponerse el hábito es como empezar una vida nueva, en una nueva casa y con una familia distinta. Hasta el tiempo se mide de otra  forma,  anclado en  la lentitud del los días.  Para las monjas todos los días son iguales: trabajar  y rezar. No hay otro camino para llegar a Dios.

La jornada empieza antes del amanecer. A las seis y media de la mañana se levantan para asearse y prepararse  para la meditación. De siete a ocho y media es tiempo de oración y después, hasta las nueve, de lectura. Tras el desayuno comienza el trabajo doméstico: lavar, planchar, limpiar los aposentos, poner en orden el jardín, preparar la comida. Antes trabajaban en el huerto que ya no existe y durante treinta años se dedicaron a la encuadernación de libros. De los trabajos que realizaban para la calle, sólo mantienen el de la repostería. Siguen haciendo dulces en festividades señaladas, pero ya no preparan las hostias de harina que se empleaban para la comunión de los fieles en las iglesias, y cuyos recortes eran muy apreciados por los niños del barrio que acudían al torno para que las monjas les regalaran un papelón.

A las doce llega el momento del rezo del Ángelus, una hora después la Sexta y a las dos menos cuarto, almuerzan. Tras la comida rezan la Nona y disfrutan de una hora de recreo. La tarde la pasan estudiado la Biblia, hasta que a las ocho y media disfrutan de un nuevo recreo, pasan al comedor para cenar y a las diez y media, tras el rezo de las Completas, se retiran a sus celdas a dormir.  Fuera, el sonido de una campana anuncia que otro día ha terminado. Hace años, las campanas volvían a escucharse a las dos de la madrugada. Era el toque de Maitines. Pero los vecinos que viven en el edificio de enfrente se quejaron y las monjas tuvieron que cambiar la costumbre.