Ramón Bogas Crespo (1973) es párroco de Huércal, director de la oficina de comunicación de la diócesis y profesor de Sociología en el Seminario. Es un cura moderno convencido de que la fe tiene que ir de la mano con la inteligencia
Ramón Bogas en su despacho de la diócesis en la Plaza de Bendicho.   La Voz.

Dios resucita todos los días al amanecer, cuando al abrir la persiana de su dormitorio  siente una bocanada de vida que se cuela por la ventana. Es un Dios cercano, que se mezcla con los pequeños detalles cotidianos, que se baja de la cruz las veces que haga falta para compartir el aroma del café a primera hora o para ponerse delante de la pantalla del ordenador a repasar el correo atrasado. 

Ramón Bogas es un cura moderno de los que hablan a Dios de tú a tú, con esa familiaridad de la fe inteligente que se nutre de la espiritualidad del alma y se aleja del fanatismo. Qué lejos de aquel Dios que nos enseñaron cuando éramos niños, que nos hablaba nada más que de sufrimientos y que siempre estaba vigilando, al acecho de nuestros pequeños pecados.  

“Yo soy partidario de conjugar la fe y la inteligencia desde que siendo un adolescente tuve mis primeros contactos con Manolo Menchón, párroco de Adra. Él fue mi modelo, un hombre formado que unía a la perfección la inteligencia y la fe”, me cuenta este joven sacerdote en su despacho de director de la oficina de comunicación de la diócesis. 

Me habla de su vocación tardía, bien madurada desde que siendo niño colaboraba en la parroquia de su pueblo y se sentía cómodo ayudando en misa y escuchando la palabra de Dios. Siendo ya estudiante de Bachillerato tuvo la primera tentación religiosa y se fue a buscar a Manolo Menchón para que lo iluminara.  

Le  recomendó que era conveniente que siguiera su camino, que hiciera una carrera y que dejara pasar el tiempo para que se forjara bien esa vocación incipiente que había descubierto. Así lo hizo y tras dejar atrás el instituto se marchó a Granada a estudiar Sociología. 

Era un joven, un universitario más de los que los fines de semana salían de marcha por la zona de los pubes y de los que flirteaban con las chicas con la naturalidad de un adolescente. Fue entonces cuando empezó a notar que algo le faltaba, que no se sentía satisfecho del todo, como si hubiera una laguna interior que le impedía ser plenamente feliz. “Era una sensación rara, como si estuviera haciendo un puzzle de seis mil piezas y a punto de terminarlo me encontrara con que una de las últimas piezas no encajaba. El problema terminó el día que entré en el Seminario al terminar la carrera. Entonces sentí que esa pieza encajaba, que ya había llegado al lugar donde tenía que estar”. 

Sus años de estudio culminaron en Salamanca, donde obtuvo la licenciatura en Teología y donde conoció al actual Obispo de Almería, don Adolfo González Montes, que fue uno de sus maestros. “Como profesor era tan brillante que en sus clases, a la hora de coger los apuntes, no sabías qué apuntar porque todo lo que decía te parecía un descubrimiento”, asegura.

Después llegó el momento de echarse al camino y de poner en juego todas las enseñanzas que había recibido y de  compartir esa espiritualidad que lo inundaba por dentro. Un año en Huércal Overa, seis años en Abla y nueve en el puerto de Roquetas de Mar, hasta desembocar en su actual parroquia de Huércal, donde compagina su trabajo en la iglesia con los cargos en el obispado y en el Seminario como profesor.

Como sacerdote, Ramón Bogas es un cura adaptado a los nuevos tiempos que no promete  milagros, pero que tiene la certeza de que el encuentro con Dios es un acto de felicidad que puede tapar las goteras del alma. En estos tiempos que corren, en los que el hombre parece no tener tiempo ni para pensar en Dios, él asegura que “se está notando una recuperación de lo espiritual. Veo a la gente con deseos de vivir interiormente y ese es el motivo de que cada día sean más los que se refugien en el yoga o en otras técnicas que buscan la paz espiritual. Nosotros, los sacerdotes, debemos ofrecer esa espiritualidad a través de Jesucristo”, aclara.

En ese nuevo giro que parece haber dado la Iglesia para ponerse a la altura del tiempo que vivimos, pone como claro ejemplo al Papa Francisco. “Yo tengo como principio una de sus frases, la que dice que la Iglesia debe de ser como un hospital de campaña que siempre está abierto, dispuesto a curar las heridas que va dejando la vida”. 

Su Iglesia es esa Iglesia que es cercana a los pobres, la que pretende aliviar las cargas de la gente, la que sirve de consuelo y la que busca soluciones. La Iglesia que nos enseñaron en el colegio, aquella que nos hablaba de la muerte como una bendición, aquella que nos metía en el cuerpo todos las llamas del infierno, y que no nos dejaba disfrutar de los pequeños placeres de la vida, se quedó varada en los catecismos escolares.