El pub eterno de Almería

Es un bar musical, sin trampa ni cartón, que vive en el Vértice, inmortal como una pirámide

El Vértice en sus inicios, en 1991: al fondo Guillermo Chavarría, disk jokey levanta las manos, de negro, el camarero Manuel Manzano.
El Vértice en sus inicios, en 1991: al fondo Guillermo Chavarría, disk jokey levanta las manos, de negro, el camarero Manuel Manzano.
Manuel León
22:54 • 03 jun. 2023

Hay un bareto en la calle Eduardo Pérez que es eterno; hay un lugar de culto, en esa encrucijada añeja de las Cuatro Calles, que aguanta, que resiste, que triunfa, como el Taj Mahal de los viejos y nuevos rockeros de Almería y de sus contornos. Es el Vértice -35 años lo contemplan en el mismo sitio y a la misma hora- y los verticeros, de antaño y de hogaño, son como una logia masónica contaminada por el virus de la música verdadera. No hay vacuna que lo remedie: en ese antro nocturno junto a la calle Real, en la calzada hacia la seo catedralicia, se mezclan cada noche  los nuevos adoradores del rock alternativo, del indie, del blues, del funke con la vieja guardia del heavy metal y de todas las guitarras míticas que han sonado y  siguen sonando desde el Neolítico.



Tanto aguanta como un viejo galeón, el perpetuo Vértice, que el huracán de éxito de la nueva milla de oro del ocio nocturno junto a la Plaza del Mercado, apenas la ha sentido como una suave brisa.



La historia de éxito del Vértice almeriense -de esa tribu de chaquetas vaqueras y labios pintados de negro, de bourbon Four Roses en la barra y acordes de Jimy Hendrix en los bafles- debería ser objeto de estudio en cualquier  escuela de negocio. No necesita -no ha necesitado nunca- de cantos de sirena, el Vértice, para atraer, porque quien entra, repite, como los malos estudiantes. No tiene psicodelia, ni apenas espacio, no huele a flores, no tiene tíos fuertes tatuados sirviendo copas ni taburetes de madera de cedro. Tan solo tiene -este club de música de genuino sabor- una barra negra donde crujen los chupitos, taburetes de pistolero, póster de Harry el Sucio o de Elvis Presley y mucha música furiosa, inimitable, en streaming, sonando por primera vez como un amanecer. La leyenda de Vértice, de este pub ya decano en Almería -con permiso de El Zaguán que arrancó en 1985 como reconversión de una antigua bodega-  la inicio un muchacho soñador de apenas veintipocos años que se fue pronto de este mundo: Luis Zurita montó  Vértice en la primavera de 1989, donde antes hubo una guardería llamada Pinocho y antes aún un taller de ebanistería. Zurita abrió también en Aguadulce otra sala Vértice dedicada al blues. Apenas pudo disfrutar del lanzamiento puesto que falleció en 1993. Su padre cogió el testigo, quien también murió dos años después, pasando a su cuñado, que era comercial de la Cruzcampo, quien también falleció, como en aquella maldición en las páginas de Cien años de soledad. 






Tomó entonces el relevo Pedro Saldaña, un camarero, quien lo traspasó  en 2005 a Francisco Ubeda,  quien lleva las riendas desde entonces, un antiguo asesor que de cliente pasó a ser patrón, identificado hasta el tuétano con el espíritu del local que consiguió reflotar tras un periodo de peligrosa decadencia, sin cambiar un ápice su sustancia, a pesar de las presiones: un día entró un grupo verbenero de veinte tipos que le pidieron una canción de Enrique Iglesias y que si no, se iban sin consumir. “Yo no vendo mi bar por veinte copas”, les espetó en los morros el insobornable Ubeda; otro día llegó una cumpleañera exigiendo un tema de Mártires del compás y le replicó bromeando: “Si me lo pides otra vez, no cumples más años”. No hay concesiones para nada ni para nadie en el Vértice que no sea el rock, el puro y genuino rock en todas sus vertientes. “Nunca hemos cambiado de estilo y nunca lo haremos, moriré con las botas puestas, el Vértice soy yo”, sentencia el dueño del negocio, parodiando al rey francés Luis XIV.



En el génesis de este sitio canalla, inmortal como el vértice de una pirámide egipcia encima del desierto, estuvieron camareros como Paco el Niño, Virginia Muñoz,  Manuel Manzano, que aparece y desaparece de la barra como el cometa Halley. Y el primer disc jokey fue Guillermo Chavarría, vinculado a la casa Warner quien pinchaba vinilos en el Vértice almeriense antes de que los lanzara la discográfica. Después pasó más personal como Germán Alvarez, Pedro Campoy y Agustín Murcia y más recientemente Iria, Rubén y Juanma Turana.



Tuvo el Vértice que competir hace décadas con otros  bares noctámbulos con predicamento en esa misma calle como Sonido Giratorio (hoy La Parada), El Duende, Mañana Sol, el Acero, Lili Marlén, más abajo el Vhada, en la calle Real y los Anagrama, Capitán Nemo o  Maravillas, en Trajano, entre otros rótulos que ya nos suenan como a la noche de los tiempo. El único que sobrevive, como un verso suelto del poema, es ese Vértice, por el que pasan ahora hijos de padres que se conocieron y ligaron allí y se casaron, quienes les han transmitido el fervor por el  buen rollo de su pub de juventud; por el que ha pasado gente como Rosario Flores, a quien Manzano de rodillas le pidió matrimonio mientras sonaba Motorhead. Y también Fito Páez, Loquillo, Jorge de Los Ilegales, Johnny Burning, Rafa de La Unión, Fino Oyonarte, Diego Cruz con Sun Rockets y Sabina, que llegó, como en su canción, ‘después de un concierto a la barra del único bar que vio abierto’.



Y gente del cine, como Aaron Paul, de Exodus, que  bebía un wiskhy tan raro -Bushmills- que Paco Ubeda solo lo pudo encontrar en un puticlub de Málaga y pidió cuatro botellas para el actor.



Atrás quedaron, en Vértice, las cucarachas, los tequilas y las chupitadas de ron Legendario,  los bailes en la barra, los ukeleles y panderetas de los domingos por la tarde; atrás quedó el sonido demorado de la aguja sobre el vinilo, atrás quedaron los ochenta, los noventa y los dos mil,  sin caer en la trampa del reggaetón ni del bacalao, sin concesiones a la galería. “Es el único pub de Almería donde no se pincha a Bisbal”, dice, ufano, Ubeda. Y así sigue esta antigüalla noctámbula que ha abrazado también el tardeo, con su decoración pirata,  con su póster del poder negro en México 72, con una feligresía que peregrina cada fin de semana para darse un buen meneo, para vivir en el Vértice de la vida, que no es lo mismo que la vida en el Vértice; la vida que les da este pub que es como una segunda catedral de la música fetén, a un tiro de piedra de la otra frecuentada por canónigos y clero regular. 



Temas relacionados

para ti

en destaque