La Voz de Almería

Cuando íbamos a ver las carteleras del cine

Los cines clásicos como el Cervantes o el Reyes Católicos, conservaron la tradición de los programas de las películas hasta los primeros años setenta. Se repartían en la misma taquilla al sacar la entrada.
Los cines clásicos como el Cervantes o el Reyes Católicos, conservaron la tradición de los programas de las películas hasta los primeros años setenta. Se repartían en la misma taquilla al sacar la entrada.

Todavía, en los años setenta, vivíamos rodeados de cines, que eran los grandes escenarios del tiempo libre en los fines de semana. Quizá entonces no valorábamos el privilegio de tener una sala siempre a mano, a la vuelta de la esquina, porque formaban parte de nuestras vidas y era algo tan habitual como la tienda de comestibles del vecino que siempre estaba abierta.
Los cines eran en aquel tiempo la ilusión de la tarde de los domingos, como lo eran en verano las terrazas que también se repartían por todos los barrios para acercarnos las películas de reestreno del año anterior a un precio más económico y con el aliciente del bocadillo y el refresco para la cena.

Ir al cine tenía un aire de solemnidad, de acontecimiento extraordinario del que disfrutábamos una vez a la semana como mucho y siempre que nuestro comportamiento hubiera sido correcto. Nuestras madres solían amenazarnos con no dejarnos ir al cine si no nos habíamos portado bien durante la semana. Ir al cine era mucho más que sacar una entrada y sentarse en una butaca a ver una película. Era un acto litúrgico que empezaba en el momento en el que íbamos por la mañana a ver las carteleras que habían colgado en la fachada principal del cine, y cuando una hora antes de la sesión nos encontrábamos con el grupo de amigos para compartir la ceremonia. Porque al cine se iba siempre acompañado para poder contarnos después los unos a los otros, las escenas más impactantes.

Era emocionante contemplar los fotogramas más llamativos en los que el muchachillo, si era  del Oeste, se medía en duelo contra el forajido con cara de criminal, o el momento en el que el galán de la historia besaba a su amada en una película romántica. La verdad es que a los niños no nos gustaban demasiado los dramas ni las historias de romances de las que llamábamos “películas de amores”. Preferíamos las de pistoleros, que eran el alimento diario de las terrazas veraniegas, y las de los piratas que nos llevaban con ellos a navegar por los mares del Caribe en busca de grandes tesoros.

Las carteleras que colgaban en las fachadas de los cines eran distintas según la sala. Las de las terrazas de verano eran humildes pizarras rodeadas de fotogramas, mientras que las de los grandes cines: El Cervantes, el Reyes Católicos, el Imperial, el Liszt, el Roma o el Moderno, aparecían enmarcadas y en grandes dimensiones. Hubo un tiempo, a comienzos de los años setenta, en que el cine Roma utilizó una parte de su fachada para anunciar la película de la semana con un mural espectacular pintado a mano por el artista almeriense Robles Cabrera. Aquellos cuadros gigantes eran auténticas obras de arte que si se hubieran conservado hoy merecerían formar parte del museo del cine.

La cartelera de las películas de la semana aparecía también en los bares principales de la ciudad, impresos en hojas del tamaño del papel de periódico que se colgaban en un sitio preferente de los establecimientos para que la clientela pudiera informarse. Hubo un tiempo en el que el célebre Pepe ‘el Habichuela’ hacía de hombre anuncio y recorría el Paseo con el cartel de la película de estreno cubriéndole el cuerpo.

Conocimos también los programas de mano, aquellos fasquines que eran carteles en miniatura, que se repartían en la taquilla de los cines al comprar la entrada, y que solíamos conservarlos después como reliquias entre las hojas de un libro. Todavía existen aficionados al cine que coleccionaron los programas de mano de todas las películas que vieron en su infancia. El cine estaba presente en nuestra vida cotidiana con la misma fuerza que el fútbol de los domingos por la tarde. En invierno, cuando salíamos de la sala ya de noche y con el tiempo justo para no llegar tarde a nuestras casas, nos encontrábamos de pronto, cara a cara, con esa sensación de desaliento y angustia que tenían casi todos los domingos de nuestra infancia. Ese abatimiento que anunciaba la cercanía del fatídico lunes se multiplicaba por dos si la película había decepcionado o si el Almería había vuelto a perder en casa

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