Relato de soledades

José Luis Masegosa
01:00 • 18 nov. 2013

Me contaron que Alicia tiene una vida muy cómoda. Frisa el medio siglo y hasta ahora había volcado toda su atención en sus dos hijos, pero ella opina que ya se defienden solos, que tienen cierta edad y que por tanto no necesitan tanto de ella. Siempre ha tenido una relación con su marido de cierta normalidad. En su experiencia no ha encontrado grandes problemas insalvables y casi siempre ha sabido salir airosa de las trabas cotidianas con las que habitualmente se enfrenta un matrimonio de nuestro tiempo. La principal carencia de estas calendas, el trabajo, en el caso que nos ocupa no le afecta, pues nada más concluir su carrera de Bellas Artes encontró un buen puesto que  junto al que desempeña su pareja les ha permitido  disfrutar de una holgada economía doméstica. Sin embargo, a pesar de vivir en un entorno tan favorable y positivo Alicia se siente embargada por un inmenso sentimiento de soledad que le agobia y del que desconoce sus causas.  A pesar de su situación, la mujer es muy cauta y no se desahoga con las personas de su círculo de amistades. Una de las escasas amigas con las que mantiene alguna confianza, conocedora de su problemática, no ceja en dar consejos: Lo que Alicia necesita es dar un giro a su vida, emprender alguna actividad que ocupe su tiempo libre, pero estas posibilidades de cambio les dan miedo. La soledad de Alicia es insoportable. Ella sabe o presiente que su vida precisa un cambio y, al mismo tiempo, le da un pánico horroroso llevar adelante esa transformación.  Es una de las muchas historias de soledad que llevan nombre de pila y con las que nos codeamos a diario sin apenas percibirlas. Es una de esas historias verdaderas que han precisado una efeméride: el Día de la Escucha, que ha celebrado el Teléfono de la Esperanza, para ser conocida. Es un caso del mal común de nuestro tiempo. Es un retrato de soledades. 







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