En esta sociedad, supuestamente ordenada, algunos hechos que acontecen a escasos centímetros nos descubren una realidad tan real como cruel, un escenario cercano, pero ignorado. Una existencia excluida y abandonada. Cejijunto, menudo y pequeño de estatura, a sus 43 años Samuel libra a diario una cruenta batalla consigo mismo, una guerra abierta desde hace  años con su propio yo, con las carencias de su mente, con el desconocimiento y la más absoluta ignorancia sobre las consecuencias de sus actos y sobre el resultado de los mismos, sin que ello implique la merma de su capacidad volitiva.
Llegó a la sala judicial con mirada de curiosidad, esposado y flanqueado por dos agentes, sin haber podido saludar a  sus familiares antes de sentarse en el banquillo, donde dejó constancia, unos minutos después, de su tratamiento “para los nervios”, del recuerdo borroso del extraño impulso que le llevó una noche cualquiera a golpear con un martillo a su madre, mientras dormía. Samuel  sabía que un martillo sirve para dar golpes, pero desconoce que si esos golpes se propinan a un ser vivo hacen daño y pueden causar la muerte. No sabía lo que hacía y le dio por ahí. Cuando llevaba algún tiempo en el centro penitenciario, establecimiento que él siempre creyó un colegio, recordó los martillazos infligidos a su progenitora, por la que siempre se interesó de rejas adentro.
Varios peritos, forenses y técnicos declaran acerca de la personalidad de Samuel. El testimonio de la psicóloga de la prisión que habita  es determinante: Samuel no es una persona potencialmente peligrosa, evita los problemas, es vulnerable en el trato, no tiene una conducta agresiva y es incapaz de planificar algo para conseguir un objetivo. Samuel tiene un retraso mental leve, pero lleva años en el trullo. Los testimonios de dos hermanos y una sobrina del acusado llevan a la sala judicial las secuencias más crudas de la realidad-realidad de nuestro entorno, las estampas más primitivas de la Andalucía profunda, más viva que muerta, ésa que atendemos los periodistas sólo cuando la desgracia hace titulares de sus nombres. Antonio, el hermano de Samuel no puede declarar porque, una vez en el estrado, el tribunal, los letrados y el fiscal, se enteran de que es sordo.¿?. No se juzga un hecho criminal, sino un drama social que habla de carencias y desatención de los poderes públicos. Tras la última palabra del acusado –“ya está”- continúa la vida. La de los excluidos también. Y la de Lola, la anciana madre de rostro labrado que enjuga las heridas causadas por el martillo y las de su alma con lágrimas y besos de perdón en la mejilla de su hijo, que abandona custodiado la sala judicial,  mientras pregunta, tristemente alegre, cuándo llegará su libertad. Alguien exclama ...¡las cabezas! Las de la exclusión y el abandono social.