El prodigioso pozo de Zamarula

Fue uno de los pasajes más emocionantes de la historia hidráulica de Almería

Asistentes a la inauguración del pozo de Zamarula en Benahadux, con el obispo, empresarios y terratenientes de la época, en julio de 1927.
Asistentes a la inauguración del pozo de Zamarula en Benahadux, con el obispo, empresarios y terratenientes de la época, en julio de 1927.
Manuel León
10:20 • 17 dic. 2017

Debió  ser un espectáculo fascinante para los centenares de almerienses que acudieron al paraje de Zamarula, en Benahadux, poder ver saltar el chorro por los brocales hasta inundar el pozo y emerger  a la superficie; nada puede imantar tanto a los almerienses de antaño y de hogaño como ojear el líquido bullicioso, brotado de las profundidades, corriendo por un canal como ese de San Indalecio. 




Era una tarde de julio de 1927 cuando el fotógrafo Victoriano Lucas  retrató a los protagonistas que acudieron en romería a la inauguración del maravilloso pozo de Zamarula, a diez kilómetros de Almería. Ahí se ve majestuoso con su cruz, 90 años después, en el centro de la imagen, al obispo Fray Bernardo Martínez Noval. Y junto al prelado, el gobernador Matías Huelin, el presidente de la Sociedad de Nuevos Riegos San Indalecio, Antonio González Egea, empresarios y terratenientes como Gabriel Callejón, Francisco Rico, Juan de la Cruz Navarro,  Guillermo Cassinello García, Francisco Gómez Cordero, Andrés Cassinello Garcia, José López Rodríguez, Fulgencio Pérez Cascales, Benjamín Restoy, Antonio Oliveros, Miguel Naveros, José Cassinello Barroeta, Enrique Salmerón, Francisco Cordero, los hijos del vicecónsul Fischer, el director de La Crónica Guillermo Rueda, el primero por la derecha, y el alcalde Benahaducense, Indalecio Cazorla. 




Junto a ellos, en la terrera trasera salpicada de pencas, jornaleros y regantes de la vega y en la esquina, niños protegidos con sombrero. Una mesa con mantel solemne, sobre la que se muestran botellas de vino y viandas parece aguardar el inicio de la celebración. 




Fue un acto suntuoso el de aquella tarde en la que parecía que se abría un mundo nuevo para Almería y los pueblos de su río. El obispo derramó el agua bendita con el hisopo sobre el ingenio hidráulico y centenares de aplausos resonaron al unísono. Se pusieron en marcha los motores, el relojero hizo la elevación de las aguas hasta el cauce, el acequiero limpió de brozas la boquera y el dinamitero lanzó al cielo despejado de ese estío unos cohetes. 




El director facultativo de los trabajos, Andrés Cassinello, dio el visto bueno y los gerifaltes brindaron con  jerez. El gobernador, emocionado por la imagen del agua corriendo por las veredas y alegrado su corazón por el vino servido en la Venta del Moreno, envió esa misma tarde un telegrama entusiasta al ministro de Fomento dándole cuenta de la buena nueva. La puesta en marcha del pozo de Zamarula fue uno de los momentos más ilusionantes de la historia reciente de  la Vega de Almería, en esa lucha titánica por el agua, desde que los árabes empezaron a hacer cimbras y partidores junto a bancales y moreras. Noventa años después de aquella tarde de julio que inmortalizó Victoriano Lucas,  con cientos de almas entusiastas salpicando el paisaje, los almerienses digitales de hoy siguen igual: peleando por alumbrar unos litros de agua para regar sus campos de frutas y hortalizas.




Zamarula fue un venero artesiano de aguas surgentes que se pinchó por casualidad a finales de 1925 en terrenos que fueron de don Juan Pérez y más tarde de Francisco Rico que los cedió a la Sociedad de Nuevos Riegos de San Indalecio.  El agua manaba a 26 grados desde una profundidad de 65 metros y arrojaba un caudal máximo de 285 metros cúbicos por hora. El agua pasaba por un soberbio acueducto, que aún se conserva, de 178 metros, junto a la antigua Carretera de Granada, y sirvió para regar ese verano  muchas miles de tahúllas de verdura y de parrales.
El ingeniero belga Luis Siret acudió días más tarde desde su casa de Las Herrerías a comprobar la obra realizada y quedó maravillado por la extensión planificada de cultivos del Canal de San Indalecio. Se habló incluso de construir varios hotelitos en las inmediaciones aprovechando las propiedades sulfurosas de esas aguas termales.




Hubo sin embargo protestas  por parte del Sindicato de Riegos de Almería que alegaba que podía ser una ruina para la fuente tradicional de Benahadux de la que bebía la ciudad de Almería y para las de La Redonda y el Mamí. De hecho, la barriada de El Chuche se quedó sin agua y hubo que construir de inmediato un aljibe alternativo para el vecindario .Pero como casi siempre ha ocurrido con estos episodios de euforia pasajera, el agua surgente fue menguando poco a poco hasta manar menos de cien metros cúbicos y la Sociedad de San Indalecio reclamó al Gobierno recursos económicos, que nunca llegaron, para realizar una investigación profunda en Zamarulas. 




Se constituyó un Patronato pro Almería, una especie de Mesa por el Agua de hace un siglo, que tampoco solucionó nada. Tanto que en 1930, la Sociedad de Riegos San Indalecio, dueña del pozo, sacó a concurso el desagüe y desescombro del venero principal pero quedó desierto. 


La Sociedad San Indalecio,  fundada en 1876 con  aguas  de la fuente de Benahadux, había puesto en marcha años atrás la heroica obra del Canal del mismo nombre que llegaba hasta la Molineta, con 5.000 fanegas de regadío, bajo la dirección del arquitecto Enrique López Rull. Pero no fue capaz de mantener ese sueño colectivo que fue por unos años el pozo de Zamarula.



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