El San Ignacio de Loyola, en la barriada ejidense de Las Norias, cuenta con casi el 90 por ciento de su alumnado de origen extranjero 
Imagen de archivo de alumnos del colegio San Ignacio de Loyola con algunos de sus profesores en el centro.   La Voz.

El colegio San Ignacio de Loyola parece Babel. En este colegio del barrio de Las Norias, en El Ejido, el 87% del alumnado es inmigrante. La mayor parte de las niñas y niños son hijos de padres que nacieron en Marruecos o Argelia, pero también en países como Senegal, Guinea Bissau o Rumanía. Este curso, de los 392 alumnos matriculados, 340 son de origen extranjero. 

La realidad del centro es un reflejo de la barriada, una de las más multiculturales de Almería, con una población muy heterogénea que llegó a El Ejido al albur de la riqueza que ofrecen los invernaderos y que terminó asentándose, principalmente, en la parte de levante del municipio. Éste es un caso extremo, pero no raro. Los centros educativos en El Ejido cuentan, de media, con casi un 30 por ciento de su alumnado de origen extranjero. En colegios como el Sol de Portocarrero, en Las Norias o el José Salazar, en el barrio de La Loma de la Mezquita, la proporción es también muy elevada, con porcentajes que rozan el 90 por ciento en el primero de los casos y que superan el 70 por ciento en el segundo. Los expertos consideran que cuando se sobrepasa un 20% o un 25% de alumnado inmigrante, el centro deja de ser integrador y que para evitar “centros gueto” hay que intentar una mejor distribución del territorio, aunque es cierto que hay zonas, como en este caso, en las que la afluencia de inmigrantes es más amplia.

Más recursos

La palabra gueto no gusta, subleva a los profesores. Y defienden, como lo hace Silvia Moreno, directora del colegio San Ignacio de Loyola que, a pesar de las dificultades, la mayor parte de los alumnos son hispanohablantes, lo que facilita las cosas. Y que son niños con unas ganas enormes de aprender. El único problema es conseguir recursos para darles lo que necesitan. Según explica Moreno, los programas específicos que hay en marcha están funcionando -atención a la diversidad, clases de apoyo, de adaptación lingüística- y podrían incluso tomarse como una ventaja también para los alumnos españoles. El centro, por ejemplo, cuenta con dos maestros de ATAL (Aulas Temporales de Adaptación Lingüística), otro de compensatoria y uno más de apoyo. Y con el Consulado de Marruecos hay firmado un convenio que permite que el asesor en cultura materna que acude al colegio, reserve varias horas a la semana para hacer de enlace entre los profesores y los padres de los alumnos. Todo ello da pie, según señala la directora del San Ignacio de Loyola, a que se puedan realizar en el colegio metodologías inclusivas. 

Problemas de adaptación

Sin embargo, los problemas de adaptación existen: hay muchos alumnos con graves carencias en la lengua española y es ahí, en la mejora de las competencias lingüísticas de los niños donde radica buena parte del esfuerzo que hace el profesorado.  “Cuando vemos que hay un alumno al que le cuesta más, le pedimos a los padres cosas muy básicas, como que en casa no se les ponga a los niños la tele en árabe o que intenten hablar  menos en su idioma y que sus hijos vean los dibujos, por ejemplo, en español”, apunta esta docente. Moreno asegura que “aunque hay de todo”, por lo general los maestros sí suelen encontrar una buena disposición por parte de los padres a la hora de colaborar con ellos. “Les interesa que sus hijos progresen y que les vaya bien en el colegio”, cuenta. 

Para intentar aminorar las dificultades que tienen muchos niños con el idioma, la dirección del San Ignacio de Loyola ha puesto en marcha este año un proyecto enfocado en la mejora de las competencias lingüísticas: el objetivo es trabajar en la lectura y en la escritura del castellano “todos a una” e insistir, especialmente, en la oralidad, que es donde más problemas encuentran los profesores por la falta de vocabulario que acusan un gran número de alumnos. 

Hace cinco años, cuando Sonia Moreno pasó a encargarse de la dirección del colegio, la presencia de alumnado de origen extranjero era ya muy elevada, en torno a un 70 por ciento, pero en este lustro las cifras han ido creciendo a tal punto que este curso solo hay 52 alumnos matriculados de padres españoles. “Supongo que en otros centros tendrán también sus dificultades. Aquí nos sentimos muy a gusto porque vemos, con otras metodologías que aplicados, hay avances y progresos”, explica Moreno.