La edad de la inocencia desde Ciudad Jardín

Fernando Martínez juega con la arcilla fresca de los sentimientos infantiles en los años 60

El autor, con su última obra, La edad perdida, junto a la escritora Lucrecia Parra.
El autor, con su última obra, La edad perdida, junto a la escritora Lucrecia Parra. La Voz
Manuel León
22:55 • 06 mar. 2024

Le dijo una vez Ana María Matute -catedrática en melancolía- a José María Iñigo,  en aquellos programas Directísimos: “A veces la infancia es más larga que la vida”. El autor, un jiennense/almeriense, hace eso precisamente en su nueva novela publicada por Arráez Editores: poner la lupa en el tiempo en el que ocurre todo; en esa edad en la que la arcilla, aún fresca, hace que seamos lo que seremos para siempre. Fernando Martínez, por tanto, como era esperable tratándose de él, con diez novelas en su ajuar, nos trae un relato delicioso sobre esa época en la que cada caída de la bicicleta es una lección de vida, en la que la semilla empieza a revelar el adulto  que seremos. La edad perdida es un manantial de sentimientos infantiles del protagonista, Vicente Góngora, que marcarán su existencia como adulto. En esa edad de los sueños está la relación con su amigo y compañero, Dámaso Castañeda, y esa sensación de orfandad cuando desaparece, como desaparecían los hijos de los guardia civiles que eran nuestros compañeros de pupitre por un repentino traslado del padre. 



El escenario de este tratado sobre los sentimientos contradictorios de la infancia es la Almería de finales de los 60. Así, aparece en sus páginas el barrio de Ciudad Jardín, las Quinientas Viviendas, el Instituto, el polvo del mineral de Alquife y todo lo que era en esos años ese apéndice del centro de la ciudad de la Alcazaba. Y allí estaba ese Gongorilla, hijo de padre policía, franquista, colérico, temeroso de los vientos de libertad que ya soplaban en esa ciudad y en ese país de Dictadura ya en concurso de acreedores; ese Vicente acomplejado por su poca destreza gimnástica, escondiendo su verdadera pasión: la lectura de las novelas de Julio Verne, los relatos de Miguel Strogoff, del Capitán Nemo, de Guillermo Tell. Y las andanzas filiales con su hermana Mercedes y los cromos y la música de Aznavour de sus  padres; y allí estaba también el primer amor, y el sufrimiento por ese primer amor, y la arena de la playa, y los bollos mojados en leche y la llegada del hombre a la luna en la tele en blanco y negro. Y allí estaba, sobre todo su amigo cántabro, su alter ego, que primero estuvo y después no estuvo, como el hijo de un feriante. Y el descubrimiento de la verdad, una vez  que el amigo de la infancia, muchos años después, ya estaba muerto.  Y el sentimiento de haber sido un cobarde con él, y la carta que vino a removerle todo su pasado o parte de su pasado, ese territorio en el que ocurre todo o casi todo: el de la edad perdida. 



Un químico metido a narrador



Fernando Martínez López (Jaén, 1966) es un rara avis que se gana la vida con la química pero que encuentra su yo verdadero encerrado en un despacho, tecleando sustantivos, verbos y adjetivos, bajo la luz de un flexo; como aquel Kafka, que de día era un gris tramitador de seguros y por las noches se colocaba la camiseta de sublime narrador de vidas y sentimientos; como nuestro Antonio Muñoz Molina, anodino funcionario en el Ayuntamiento de Granada, que por las tardes se volvía loco como Cervantes ungiendo personajes de ficción. Fernando no ha dado el salto de profesionalizarse -quizá por cobardía, quizá por sensatez- aunque lo avala ya una sólida bodega cuya última botella es este crianza que sabe a ese dulce bollo de leche que es la niñez.








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